Natalia Castillo, diputada: “Mi madre fue una niña Sename”

“Ahora cuento todo como una sola historia, pero lo cierto es que la he ido armando como un puzle. De mi historia familiar y sobre la vida de mi mamá en el Sename he sabido con el tiempo cosas bien fuertes. Eso me marcó y trazó mi vida política actual”.

Ya no. No siento que hoy sea una nota disonante en Revolución Democrática. Al principio sí, me sentía medio “chancho en misa” entre ellos. Era raro, y era por mi historia, porque es atípica dentro del partido. Vengo de una familia que ha tenido la pobreza y la precariedad frente a sus ojos.

Mis recuerdos de infancia son en La Granja. Vivíamos con mi familia en la casa de mi abuela. Fue una infancia feliz, pese a todas las dificultades que había en el día a día.

Nací en el 82. Siempre estuvimos protegidos de lo que estaba pasando en el país, aunque tuve una vida muy activa desde lo político, porque mi familia fue parte de la lucha contra la dictadura. Mi casa muchas veces fue lugar de reuniones de actividades vecinales.

Eso me marcó y trazó mi vida política actual. De chica me di cuenta de que había desigualdad en el país. La indignación que eso me generaba trataba de usarla para movilizar cosas positivas y no quedarme en la rabia conmigo misma y con el sistema. Por eso, en séptimo básico ya andaba metida en los centros de alumnos, y a los 14 entré a las Juventudes Comunistas.

La militancia en la Jota se interrumpió cuando entré a Derecho en la Universidad de Chile. Ahí estaba concentrada en sacar la carrera. Era difícil para mí, que era de La Granja y estudiaba con crédito, tener la oportunidad de ir a una universidad. No me lo podía farrear.

Un poco, también, para romper la historia de mi familia.

El tiempo hace lo suyo. Hay historias que tuvieron mucha relevancia y que hoy contamos como chiste con mis papás y con mi hermano. Hay una memorable. Como mi padre trabajaba todo el día y mi mamá estaba de adulta terminando el colegio, quedábamos solos en la casa con mi hermano. Era una construcción de madera y, sin querer hacerlo, casi provocamos un incendio. De aburridos, le prendimos fuego a las pitillas de plástico donde colgábamos la ropa y nos fuimos a ver tele. Sólo nos fijamos que estaba quedando la escoba cuando llegó mi papá con los bomberos. Se quemó parte de la reja y otras cosas. Pudo ser una tragedia, pero lo controlaron bien.

Hoy pienso que esa historia habla de dos cosas: de padres que tienen que trabajar y estudiar para sacar a su familia adelante, y de la soledad que eso implica en los niños. Y lo digo pese a que mis papás trataron de estar siempre lo más cerca posible.

La soledad y el abandono más crudos los vivió mi mamá. Ella recién terminó el colegio a los 23 años. A los 16 iba en octavo y tuvo que dejar de estudiar porque quedó embarazada de mi hermano. Esto que cuento es una historia muy sintomática. Ella fue una niña institucionalizada, porque su madre sufrió tuberculosis y el papá no podía hacerse cargo de ella.

Mi vieja pasó por varios hogares del Sename antes de llegar al último en el que estuvo, el de Ciudad del Niño. Ella y todos sus hermanos comparten la misma historia. A uno de ellos, mayor que ella, incluso se lo llevaron a Alemania para hacer una especie de padrinazgo. Los separaron a todos. Eso de llevarse a los niños fuera de Chile era algo que se estilaba, pero no funcionaba como adopción, sino como algo transitorio. Ese hermano de mi mamá estuvo años viviendo en Alemania. Cuando volvió, mucho más grande, fue muy heavy porque se pudieron reunir por primera vez todos fuera de la institución.

Esta historia la he sabido por partes. Cada año me entero de algo nuevo. Quizá, porque es muy dolorosa, y quizá también porque es algo de lo que preferimos no hablar habitualmente.

La vida de mi familia materna y la mía fueron un empujón para seguir en política, aunque en la universidad fue algo que evité. Sí iba a marchas y participaba, pero no estaba metida en la orgánica como en mi etapa escolar. ¿Que si el que tiene más recursos puede arriesgar más en la universidad? Respecto a hacer política, creo que sí. Muchas veces la política universitaria es bien elitista, y además dentro de la universidad no todos tienen las mismas posibilidades. Para mí hasta los traslados eran complicados. Más tarde, en 2011, llegué a RD, admirando el trabajo de Giorgio Jackson.

Antes, como abogada, y hoy, en el Congreso, cuando hablo de pobreza y precariedad hablo de mí, pero más todavía de mi madre y sus hermanos. Por eso digo que la vida de ellos me ha marcado tanto. Hay un cruce que para mí es muy complejo y es cuando tiene que ver con la infancia vulnerada y con la pobreza. Eso me llega de cerca. Cuando uno es niño y además pobre, inmediatamente te transformas en una persona que está en constante riesgo.

Mi mamá representa eso. Ella, de su época en el Sename, me cuenta historias atroces. Por ejemplo, que en el hogar donde ella estaba paraban a todas las niñitas desnudas y les hacían exámenes ginecológicos, lo que en realidad era un abuso. Tiene ex compañeras que lo pasaron pésimo, que fueron violadas. Ahí la cuestión era a la suerte de la olla. Era un constante estado de alerta saber si un día le iba a tocar a ella o no.

Esas vivencias son fuertes. En mi recorrido laboral he tratado muchas veces esos temas. Cuando empecé a trabajar en el Consejo de Defensa del Estado hice un curso de delitos sexuales, donde conocí a mucha gente ligada a esta materia. Pero lo que realmente me ha marcado laboralmente es el caso del Colegio Apoquindo. Lo vinculé de inmediato a mi historia; y marcó un antes y un después en mi carrera. Comencé a dedicar el 90% de mi tiempo a temas de vulneraciones de derechos, abusos sexuales, o casos de violencia de infancia o de género.

La lucha por la infancia nunca la voy a dejar de dar. Y si no es en el Congreso, la puedo dar en mi casa, y si no es en mi casa, es en un tribunal. En mi familia nuclear trato de hacer lo mismo. Uno de mis dos hijos va a entrar a la adolescencia, y he tratado de estar súper presente y de que los tiempos que tengo con él sean de calidad, permanentemente conectados. Me interesa que no sienta los vacíos que mi familia tuvo o que yo misma tuve. La maternidad en mi caso, y en el de muchas mujeres que trabajan, se hace difícil por tiempo. Pero el amor es lo que importa.

Ahora cuento todo como una sola historia, pero lo cierto es que la he ido armando como un puzle. De mi historia familiar y sobre la vida de mi mamá en el Sename he sabido con el tiempo cosas bien fuertes. Cosas que supe mayor. Cosas que pasaron también con mis tías. Hoy, siendo diputada, cada vez que estoy peleando una ley pienso en ellas, o de un caso que llevé en un tribunal o de un niño que entrevisté.

Me he dado cuenta de que es distinto hacer política cuando tienes una historia que te involucra con los temas que afectan realmente a la gente, a no tener una historia que te haga conocer la pobreza, el hambre, la necesidad. Es bien distinto imaginarse lo que pasa a vivirlo. A mí nadie me tiene que venir a explicar lo que significa la segregación social o lo que sufre un niño abusado, porque yo lo he visto.

Hoy mi familia sigue viviendo en La Granja, yo no. Más grande me fui a vivir a Santiago centro. Ahí hice mi práctica, me titulé y cuando me casé me vine a vivir a Ñuñoa. Buscamos un terreno más neutral, aunque todavía tengo el trauma de vivir lejos y los recorridos de horas en micro.

Ya no me siento tampoco como “chancho en misa” en RD. ¿Por qué? Porque hoy estamos teniendo mucha mayor presencia en distintos espacios territoriales, y el partido se ha nutrido de muchas más historias. Hoy ya no somos sólo el partido que viene de la Universidad Católica. Hay gente de todos los orígenes y eso a mí me gusta mucho. Creo que el partido se está pareciendo más a Chile y mucho más parecido a mí también.

¿Qué si la historia de mi mamá tiene que ver con ser yo hoy la presidenta de la Comisión de Familia del Congreso? Sí, mucho. Como dice Simone de Beauvoir, todo lo personal es político. Yo de chica me acuerdo que mi mamá, sin intentar meterme miedos, me hizo crecer con la conciencia del abuso sexual, que nadie me tenía que tocar, que no tenía que hacer cosas sin consentimiento.
Básicamente, desde muy chica me entrenaron para protegerme, pero creo que hoy mi rol es también proteger a otros.

 

Publicada en La Tercera